Allá por Agosto me dejé caer casi una semanita entera por Berlin.
Me quedé a dormir en el hostel más grande que jamas he visto (800 camas, 7 plantas, bar, terrazas), y un desayuno buffet que se alargaba todo el día (a base de bocadillos que se colaban en mi mochila por arte de biribirloque). Precisamente mientras cargaba la bandeja de mortadela y queso, conocí a 2 gaditanas muy resalás’, que a la postre, fueron mis compañeras de aventuras durante toda mi estancia en la capital alemana.
Berlin es una de las ciudades mas vibrantes y activas de Europa. Así de sencillo. Tiene un carácter revolucionario, joven, en constante evolución (por ejemplo, y sobre todo en el lado Este, la mayor parte de fábricas y de edificios abandonados han sido ocupados por artistas y hippies, montando un barecito, una galería de arte y por supuesto cubriendo cada centímetro de muro de graffitis y stencils).
Ademas la oferta cultural es de primer nivel, con museos como el de Pergamo (con el altar griego mejor conservado del mundo y las puertas azules de Babilonia
que son simplemente impresionantes), el Altes (busto de Nefertiti incluido y hasta un Romano momificado), o los archivos de la Bauhaus (que marcaron el origen del arte funcional, con la fabricación en cadena de objetos de diseño accesibles para todos los públicos… idea que Ikea ha sabido explotar con bastante éxito).
Si a todo esto le sumamos que apenas 20 años atras todavía existía el muro (y si nos remontamos algo mas, un pasado nazi bastante desafortunado), es toda una hazaña que en tan poco tiempo hayan conseguido equiparar las dos alemanias, aceptando todas las costumbres y tendencias bajo un mismo techo.
Casi si me olvida. Y es que una buena cerveza bien fresquita en cualquiera de los patios judios o en un bar de diseño en el barrio turco es la mejor manera de recargar las pilas y poder disfrutar de Berlin con todos los sentidos.
Paco desde UlaanBaatar (aunque salgo hacia China en unas horas).
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