Muchas referencias culturales e idiomáticas sí, pero ¿qué ha sido de mi viaje?
Para empezar te cuento que me tocó tirar de ingenio para reducir costos. Es cierto, sobre todo en cuanto al alojamiento y al transporte se refiere, que Japón resulta caro para un presupuesto de mochilero (para que te sitúes: unos 22 euros la noche y unos 50 euros por 5 horas de viaje más o menos).
La primera, el alojamiento, resultó fácil. De los 50 días en Japón, me quedé durmiendo en casa del personal 30 noches (gracias principalmente al couchsurfing). La mayoría, 3 semanitas, las pasé en Tokyo, en el apartamento, nada más y nada menos, de la primera y única (hasta la fecha) geisa extranjera. No podía haber caído en mejores manos. Toda una experta en tradiciones y secretos interesantísimos que me permitieron una inmersión profunda y privilegiada de las costumbres del imperio (las nato -judias fermentadas-, el cuartel de las geisas, jardines escondidos en plena ciudad…).
Abaratar el transporte resultó algo más complicado, pero tras varias veces aplicando el método científico (ensayo y error), encontré la manera de viajar casi gratis en los trenes. Los detalles te los cuento de palabra si te interesa.
Gracias a mi geisa particular también descubrí los sento, toda una institución. Básicamente son unos baños públicos donde la gente acude a darse una ducha, afeitarse (sentados en taburetes de plástico frente a una hilera de espejos bajos colocados como si fuese un camerino), y relajarse en las mini piscinas de agua caliente a diferentes temperaturas. Aunque no sean mixtos, siguen siendo una extraordinaria recompensa después de un largo día de pateo por la ciudad.
Estando todavía en Tokyo una noche me tocó sacar la basura. Este hecho, a priori trivial, se convirtió en un argumento digno de misión imposible. Como te comenté, en las calles no suele haber papeleras (ni mucho menos contenedores). Tienen un sistema harto complejo donde además de separar la basura en media docena de bolsas distintas (cosa que no hacíamos por falta de espacio), cada bolsa sólo se puede sacar un día específico que depende de la calle donde vivas. Pues bien, imagínate la escena: de madrugada, uno delante vigilando que no nos tropezásemos con ningún policía. Otro en la retaguardia llevando las bolsas. Con sigilo (además de alevosía y nocturnidad) nos acercamos hasta la tienda de 24 horas de la esquina, y agachados para no ser vistos desde dentro, depositamos la basura en “sus” papeleras. “Pa’ habernos matao’ si nos pillan”. De locos!
Otro de los días, cerca del castillo de Himeji, 3 japonesas
hicieron que me sintiese como como un verdadero príncipe. Se pasaron 40 minutos conmigo vistiendome y desvistiendome, con todo lujo de detalles y un perfeccionismo impecable, con un traje auténtico de samurai: camisa y pantalones de seda, botas de pelo de oso, armadura de placas de madera y hierro, casco con alas y hasta protectores especiales para el corazón. No te engaño si te digo que podría acostumbrarme a este tratamiento imperial.
Y la mejor para el final. Llegué a Matsumoto, una ciudad cercana a los alpes japoneses, bien entrada la noche. No encontraba el lugar donde quería dormir y al final de la calle (desierta y cubierta de nieve) víuna luz. Era el taller de un artesano de cerámica que aún estaba trabajando. Golpeé el cristal y conseguíhacerle entender con gestos que necesitaba ayuda para encontrar una dirección. Reticente al principio, al final se colocó las chanclas de madera y me acompañó hasta el sitio (de hecho, de camino, patinó en el hielo y se metió tal batacazo que se partió las gafas). El hotel resultó estar cerrado. Mientras yo aún sopesaba mis opciones, Makyo,
que así se llamaba el artesano, me dijo que me quedase en su casa.
No me lo pensé 2 veces y fué ahí donde empezó la mejor experiencia de todo Japón. Estuvimos conversando bastante tiempo (ayudados de gestos, de lápiz y papel y de una botella de sake lechoso de 1,8 L) antes de salir a cenar algo. Me llevó a lugares extrañísimos de ambiente familiar a los que jamás hubiese podido entrar solo (entre otras porque no tenían ni rótulo). Serían las 2 de la manaña cuando estabamos en un antro minúsculo, oscuro y ahumado donde una señora mayor preparaba pasta fría y sake caliente. Tremendo! Makyo se quedó dormido sobre la barra (algo nada fuera de lo común en Japón) y lo tuve que llevar de vuelta casa, donde ni siquiera atinaba a meter la llave en la cerradura. Fue absolutamente fantástico e inverosímil todo lo que me ocurrió aquella noche. al día siguiente aún me preparó de comer y me regaló una de sus creaciones en barro.
Saludos desde Xiamen (China)
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